El día que conquisté Canadá

Como uno de los más grandes conquistadores del mundo, así me sentí el día de mi viaje de graduación. Todo comenzó cuando los de mi clase y yo decidimos que la Riviera Maya era el destino perfecto para celebrar que habíamos terminado la universidad, uno de los momentos más importantes en la vida de todo estudiante, pues pasa de ser eso, estudiante, a un profesionista con responsabilidades y en el que el pero de sus problemas no será reprobar, sino ser despedido.

Una de las noches que pasamos allá fuimos a un antro, el cual estaba lleno de mujeres extranjeras muy guapas. Había de Estados Unidos, Canadá, Francia, España, Cuba y Venezuela. Parecía el cielo con tanto angelito bailando en la pista. Pero yo sabía que estaban fuera de mi liga, pues no soy el más guapo y menos el más ligador, por lo que conquistar a alguien sería un milagro. Pero bien dicen que los milagros existen. Mientras tomaba unas cervezas vi al fondo del lugar a una jovencita blanca y de cabello negro, sola y su alma. Era la señal para que me acercara, así que lo hice. Era Canadiense. Comenzamos a hablar, yo en un inglés mexicanizado y ella en un inglés muy francés.

Reímos, bailamos y bebimos hasta que me armé de valor y la besé, ella respondió y nos fundimos en un apasionante beso que se hizo extremo debido a las altas temperaturas del lugar, y me refiero a la playa y al antro; además del calor que ella me producía por su belleza y gran cuerpo. Al final nos despedimos, ella me dio su número de celular y yo me fui a mi cuarto, con la cabeza en alto porque había conquistado un país desconocido, haciendo gala de unas técnicas que ni siquiera yo sabía que tenía. Todo fue cuestión de atreverme y pensar que lo peor que podría pasar es que me cacheteara por robarle un beso, pero eran vacaciones y es muy difícil que eso pase.